Ante la peor escasez de gasolina en décadas, los automovilistas rusos han encontrado una salida en el gas licuado de petróleo (GLP) y los talleres de conversión no se dan abasto.
Desde finales de junio, los ataques ucranianos con drones contra refinerías dejaron fuera de servicio el 17% de la capacidad de refinación rusa, unos 1.1 millones de barriles diarios, según Reuters. El resultado: largas filas en gasolineras, racionamiento de 20 litros por auto en el sur, suspensión total de ventas en Novorosíisk y Crimea, y precios que en Sebastopol llegaron a 189 rublos por litro, el triple de lo normal.
Frente a ese panorama, el GLP compuesto por propano y butano se ha vuelto la opción asequible. Incluso antes de la crisis, Rusia ya era líder mundial en su uso vehicular con 3.5 millones de toneladas consumidas en 2024, lo que representa el 54% del consumo nacional de GLP.
«Tenemos lista de espera hasta septiembre», reconoció Egor Popov, dueño de Garant-Gas en Moscú, empresa que instala equipos para que los autos funcionen con gas. Otro taller, Medvedev GBO, reportó 276 llamadas en un solo día, aunque solo pudo atender 40. «No hay colas y los precios son 50% más bajos que la gasolina», explicó Serguéi Medvédev.
El país cuenta con una amplia red de estaciones de GLP y el combustible genera menos emisiones. Pero el Kremlin también toma medidas de emergencia: prohibió la exportación de gasolina y diésel hasta fin de año, autorizó la venta de gasolina Euro-3 más contaminante y analiza importar combustible desde India y Bielorrusia.
En Anapa, los cosacos vigilan las filas para evitar conflictos y la venta en bidones. Mientras tanto, plataformas digitales crearon mapas interactivos con más de 20 mil gasolineras para encontrar combustible en tiempo real.
La adaptación al gas no resuelve la crisis, pero mantiene a Rusia en movimiento.




