Javier Corcobado convirtió la noche del 30 de abril en una experiencia “interplanetaria” al celebrar cuatro décadas de carrera con un concierto inolvidable en el Teatro Metropólitan. Frente a un recinto lleno, el poeta y músico español desató más de dos horas de rock oscuro, boleros desgarrados y confesiones a corazón abierto que confirmaron por qué México lo considera una figura de culto.
“Venimos con una energía hiperpositiva, con la intención de crear una energía nuclear de amor entre todos”, advirtió Corcobado horas antes en conferencia de prensa. Y cumplió. A las 20:30 horas arrancó el viaje con Susurro, Secuestraré al amor y En la sombra de una copa, para después regalar el momento más ovacionado con Pídele a Dios, de Armando Manzanero.
El concierto fue también la presentación en vivo de Solitud y Soledad, su vigésimo álbum, un disco doble que resume su universo: diez temas nuevos de rock visceral y diez clásicos revisitados junto a Alaska, Andrés Calamaro, Nacho Vegas, Marc Gili de Dorian y Jorge Martí de La Habitación Roja. “Es un disco que te puede gustar o lo puedes odiar, pero es honesto”, explicó el autor de 63 años.
Entre canción y canción, Corcobado agradeció a su “tripulación”: ingenieros, técnicos y músicos, y recordó que la primera vez que vio el Metropólitan, en 1993, pensó que cantar ahí sería un sueño. Lo cumplió en 2008 con sold out y lo revalidó este 2026 ante fans que lo llaman “el Duque del Ruido”.
La segunda parte subió la temperatura con Inundaciones de amor, Te estoy queriendo tanto, Getsemaní y Ying yang Venus, donde invitó a una decena de asistentes a coreografiar junto a él. Caballitos de anís cerró el bloque como pieza indiscutible de la noche. Hubo además un bautizo sonoro: el Pastor Javier Corcobado leyó un poema a la recién nacida Luna Aquetzalli, “de la tribu Corcobado”.
“México es el surrealismo en su mejor acepción”, dijo el artista que llegó por primera vez al país en 1992. Cuatro décadas después, se fue del escenario entre lágrimas, como en 2008, pero con la certeza de que aquí encontró su nave espacial. El público salió sin deseo de retorno: inconmensurable, como definió La Jornada, fue el ambiente.
La gira de Solitud y Soledad continúa, pero la noche del 30 de abril ya quedó escrita: Corcobado no celebró 40 años, los reinventó.






