Entre cerros vestidos de verde y una neblina que baja cada tarde, Naolinco de Victoria presume su título de Pueblo Mágico y un secreto que huele a piloncillo, cacao y tradición: el mole dulce y los jamoncillos de pepita que, desde hace más de un siglo, endulzan a propios y extraños.
A solo 45 kilómetros de Xalapa, este rincón serrano resguarda recetas que pasan de abuelas a nietas. El mole naolinqueño, menos picoso y con notas de chocolate, café y galleta de animalito, se muele en metate y se cuece a leña; su sabor “empieza recordando a chocolate, para convertirse en una montaña rusa de sabores”. Junto a él, los dulces de jamoncillo de pepita, frutas cristalizadas y el pan de horno de barro completan el tesoro gastronómico que turistas descubren entre calles empedradas y fachadas coloniales.
Pero el dulce no es lo único que cautiva. Naolinco fue declarado patrimonio histórico por el INAH gracias a su panteón del siglo XIX, donde las tumbas coloridas narran historias y se llenan de vida cada Día de Muertos. Los talleres de calzado y marroquinería, el barro blanco y las máscaras de madera para la Danza de Moros y Cristianos mantienen viva la vocación artesanal del pueblo.
El mirador del Salto de Naolinco regala postales entre nubes, mientras la cascada del mismo nombre refresca a quienes se animan al senderismo. En septiembre, la fiesta de San Mateo Apóstol y la Cantada de noviembre convierten al pueblo en un escenario de versos, procesiones y cera derretida.
Nombrado Pueblo Mágico en 2023, Naolinco recibe cada fin de semana a visitantes que buscan café de altura, helado de berenjena y la tranquilidad de la sierra. “Naolinco es ese lugar donde lo mágico no solo está en el nombre. Está en las piedras viejas, en los colores que no se apagan y en las recetas que siguen endulzando la memoria”, resume un guía local.
Para llegar, basta tomar la carretera Xalapa-Misantla o un autobús desde Banderilla; en una hora el aroma a mole y a cuero curtido anuncia que se ha arribado al secreto mejor guardado de Veracruz.





