PODER & CRÍTICA | REDACCIÓN | El paraíso tiene dueño, y no, no son los turistas que pagan fortunas por ver el Caribe. En Benito Juárez, la joya de la corona turística de México, reina una entidad con nombre propio: «La Mafia Verde». Un ecosistema donde la corrupción no es una anomalía, es el sistema operativo, y donde Ana Patricia Peralta parece dispuesta a exportar este exitoso modelo de desgobierno a todo Quintana Roo. ¡Vaya ambición!
¿Qué caracteriza a esta «gestión» que opera más como una startup familiar que como una administración pública? La receta es sencilla pero efectiva: abusos sistemáticos a empresarios, sociedades con el submundo criminal, contratos amañados que se ven tan legítimos como un billete de tres pesos y una devoción casi religiosa por ignorar olímpicamente el bienestar de los ciudadanos. Mientras Cancún se hunde en el descontrol, ellos siguen cobrando dividendos.
Pero la verdadera magia está en el reparto. En este teatro del absurdo, los fantasmas del pasado no solo regresan, sino que se sientan en primera fila. ¿Recuerdan a Cristóbal Gaudiano? Imposible olvidar sus «hazañas» y sus entrañables nexos con Roberto Borge, ese exgobernador que, en una jugada maestra de la justicia mexicana, hoy disfruta de la prisión domiciliaria. ¿Será que el «perdón» judicial es parte del nuevo pacto con «La Mafia Verde»? Porque, al parecer, encerrarse en casa es suficiente para expiar el daño patrimonial a un estado entero y a todos aquellos particulares que fueron despojados de sus bienes con la amable complicidad de una legislatura —en aquel entonces apoyada por una Ana Patricia Peralta— que hoy pretende hacernos creer que ha cambiado.
Resulta enternecedor ver cómo intentan limpiar su historial con discursos de cartón y una casaca color guinda. Pero, seamos honestos: por mucho que se cambien el color de la camisa, el ADN no se altera con una lavada. La corrupción, cuando está en el código genético, no se disimula con propaganda.
Cancún está en picada. El polo turístico más importante del país se desmorona mientras el «negocio familiar» del Palacio Municipal sigue operando a todo vapor. Peralta y su séquito no solo representan la continuidad de los vicios borgistas; son, en esencia, la versión recargada de todo lo que prometieron erradicar.
Así que, Quintana Roo, prepárate. Si lo que hemos visto en Benito Juárez es el ensayo general, lo que viene es una producción de alto presupuesto con el mismo elenco de siempre, pero con un guion mucho más cínico. ¡Qué gran momento para estar vivos y ver cómo el «cambio» se convierte, una vez más, en la misma vieja historia de siempre!






