En el condado de Madera, California, donde viven casi 100 mil personas de origen mexicano dedicadas esencialmente a la agricultura, el deporte de alto rendimiento parece un sueño lejano. No hay pistas de tartán, ni centros de entrenamiento, ni figuras internacionales. En ese entorno nació Eduardo Herrera, hijo de padres migrantes y hoy una de las figuras del atletismo mexicano.
Herrera creció entre surcos y jornadas bajo el sol, viendo a sus padres trabajar la tierra desde el amanecer. El running llegó como escape y luego como identidad. «El mejor sentimiento es honrar mi sangre mexicana», dijo tras colgarse la medalla de oro en los 5 mil metros de los Juegos Centroamericanos y del Caribe en Santo Domingo, donde portó con orgullo el uniforme verde.
Su historia es la de miles de hijos de migrantes que encuentran en el deporte un puente entre dos culturas. Aunque nació en Estados Unidos, eligió representar a México, inspirado por las historias que sus padres le contaban de Michoacán. «Mis papás cruzaron para darme oportunidades. Yo corro para que ellos se sientan orgullosos de dónde vienen», relató.
Entrena en caminos de terracería, alterna con trabajos de medio tiempo en la pizca y recibe apoyo intermitente de la Federación Mexicana de Atletismo. Aun así, logró clasificar a la final centroamericana con el mejor tiempo de la temporada.
Hoy, su ejemplo inspira a niños de Madera que ven por primera vez a un paisano en televisión con la bandera mexicana en el pecho. «Si yo pude salir de aquí, ellos también», asegura. Su próximo objetivo es el Campeonato Mundial y, a largo plazo, los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 2028.






