“Al modo bar: sin rodeos, sin sinónimos, sin permiso.” Así lo soltó el pintor y muralista veracruzano Diego Alatorre anoche, desde su estudio en la colonia Doctores, convertido en trinchera y escenario. Rodeado de latas, bocetos y tres caballetes manchados, Alatorre presentó su manifiesto “Hablar en seco”, donde exige al artista dejar la metáfora cómoda y nombrar la herida con su nombre de calle.
“Nos educaron para buscar la palabra bonita. Para decir ‘ausencia’ cuando queríamos gritar ‘muerto’. Para cambiar ‘hambre’ por ‘precariedad’. Basta. El bar no tiene sinónimos: pide un tequila, no ‘un destilado de agave con notas de humo’”, dijo ante una veintena de jóvenes creadores. La frase no era pose. En la pared, su nueva serie Expedientes sin folio muestra retratos de obreros, madres buscadoras y migrantes, todos con una etiqueta: “Desaparecido”, “Despedido”, “Deportado”. Sin eufemismos.
Alatorre, 38 años, viene de pintar murales en mercados de Xalapa y talleres de maquiladoras en Tijuana. Sostiene que el arte mexicano vive una “dictadura del matiz” que diluye la urgencia. “La trinchera no es el museo, es la banqueta. Y en la banqueta no hay curador que te corrija. Si duele, se dice ‘duele’. Si mataron, se dice ‘mataron’. El sinónimo es cobardía disfrazada de estilo”.
El manifiesto, impreso en hojas de rotafolio y pegado en postes de Eje Central, propone tres reglas: 1) Llamar a las cosas por su nombre legal o popular, no académico. 2) Firmar con la dirección real del taller, “para que te encuentren cuando quieran callarte”. 3) Rechazar becas que pidan “adecuar el lenguaje a públicos sensibles”.
No todos aplauden. La crítica Ana Ríos lo acusa de “populismo léxico” y advierte que el arte también es ambigüedad. Alatorre responde sin pestañear: “La ambigüedad es un lujo de quien no tiene prisa. Yo pinto gente que lleva años buscando a un hijo. Ellos no tienen tiempo para que yo encuentre ‘la palabra justa’. La palabra es ‘justicia’. Punto”.
La charla cerró como empiezan las noches en los bares: con un vaso servido y una verdad sin hielo. Alatorre brindó “por los que nombran”, dejó el pincel en el cenicero y volvió al lienzo. Desde su trinchera, la única regla es no usar sinónimos para el dolor.






