Cancún, Quintana Roo.- En política, el ruido suele ser una coartada. Sirve para aparentar movimiento, para ocupar espacio y, en muchos casos, para disimular que no se está avanzando. Lo interesante es cuando ocurre lo contrario: cuando alguien crece sin levantar la voz y aun así empieza a incomodar.
Eso es lo que está pasando en Quintana Roo con el proyecto de Rafael Marín Mollinedo.
Mientras algunos siguen afinando discursos según el humor del día y otros revisan encuestas como si fueran horóscopos, el nombre de Rafa Marín aparece con una naturalidad que no se fabrica. No irrumpe, no se impone, simplemente se queda en la conversación. Y cuando un nombre se queda, ya no es casualidad.
Más de 600 liderazgos del sur, centro y norte del estado —de Chetumal a Cancún— se han ido sumando sin reflectores, sin listas y sin empujones.
Llegan solos, que en política suele ser el detalle más revelador. Nadie los está convenciendo; ya llegaron convencidos.
Este inicio de año, entre rosca, café y sobremesas largas, el comentario se repite con una claridad incómoda: experiencia se nota, y Quintana Roo ya no está para apuestas nerviosas ni ensayos disfrazados de renovación.
El fin de semana, en Benito Juárez, la escena fue casi demasiado clara. Unidad sin gritos, organización sin acarreo y ánimo sin promesas al aire.
Liderazgos con memoria y recorrido, como Librado de los Santos y Carlos Balam, encabezaron una convocatoria que caminó sola, ese tipo de movimiento que no necesita explicación… pero sí provoca revisiones de agenda en otros lados.
Y mientras el tablero político se sigue acomodando, hay reacciones que hablan más que los discursos. Gestos contenidos, silencios incómodos y ceños que se fruncen cada vez que el nombre de Rafa Marín aparece donde no estaba previsto.
En política, el ruido se anuncia. El crecimiento silencioso, no. Y cuando ese silencio empieza a pesar, suele ser porque ya dejó de ser promesa y empezó a ser opción.






