La práctica de sumergirse en agua helada ha dejado de ser una actividad exclusiva de atletas extremos para convertirse en una herramienta de entrenamiento mental y bienestar físico que gana adeptos en Veracruz, particularmente en la región de Orizaba y Xalapa.
El interés no radica únicamente en la resistencia al frío, sino en lo que ocurre en los primeros segundos dentro de la tina: el cuerpo activa su mecanismo de supervivencia y la mente debe aprender a permanecer.
Octavio Gárate Águila, instructor certificado en inmersión en hielo y fundador del proyecto Mental Ice, explica que la sensación inicial es universal. “Las primeras veces, incluso después de haberlo hecho más de cien ocasiones, cuando entro a la tina de hielo, a los diez segundos quiero salirme”, describe.
Qué pasa en el organismo
De acuerdo con especialistas en rehabilitación física, el cuerpo humano cuenta con un mecanismo de control de temperatura que detecta cualquier variación distinta a los 37 grados. Ante la exposición a temperaturas de entre 2 y 4 grados en tina, o de 9 a 16 grados en aguas naturales como Ojo de Agua y Nogales, se desencadena una respuesta del sistema nervioso simpático.
Ocurre una contracción defensiva de los músculos, vasoconstricción —el cierre rápido de arterias y venas— y disminución del flujo sanguíneo periférico, lo que genera un efecto antiinflamatorio y analgésico. Al salir del agua fría sucede el proceso inverso, la vasodilatación, que favorece la circulación, la eliminación de ácido láctico y la recuperación muscular.
A nivel neurológico, se activa el reflejo de “lucha o huida”. El impulso natural es escapar. Es ahí donde comienza el verdadero entrenamiento.
Los tres pilares del método
La inmersión profesional, basada en el Método Wim Hof, no consiste en aguantar el mayor tiempo posible. Se sostiene en tres pilares: respiración, exposición gradual al frío y enfoque mental.
Antes de entrar, los participantes realizan ejercicios de respiración diafragmática profunda para alcalinizar la sangre y reducir la actividad del neocórtex. La consigna es entrar en un solo movimiento hasta cubrir cuello y pecho, y mantener inhalaciones cortas con exhalaciones largas y controladas, “como si soplaras una vela para que la llama baile, no se apague”.
“La respiración es el ancla que te va a mantener dentro del hielo y es a través de la respiración que pasas de un estado de altísimo estrés a un estado de profunda relajación”, señala Lorene Chauvel, health coach y fundadora del centro Bodhi, dedicado a esta práctica.
Los primeros 30 segundos son cruciales. Tras superarlos, el cuerpo inicia un proceso de termogénesis, activando la grasa parda, acelerando el metabolismo y liberando noradrenalina y dopamina, neurotransmisores vinculados a la atención, el estado de ánimo y la sensación de bienestar.
Beneficios y precauciones
Entre los beneficios potenciales reportados por practicantes e investigaciones preliminares se encuentran la recuperación muscular post ejercicio, la mejora de la calidad del sueño, el aumento de la resiliencia al estrés, la disminución de ansiedad y una mayor conexión cuerpo-mente.
Sin embargo, no es una práctica para todos. No se recomienda en mujeres embarazadas, personas con epilepsia, cardiopatías, hipertensión no controlada o diabetes sin supervisión médica. Los especialistas recomiendan siempre realizarla con acompañamiento profesional, en un entorno seguro y por tiempos controlados. En una primera experiencia, la recomendación es no exceder los dos minutos.
Lejos de ser una prueba de resistencia extrema, la inmersión en hielo se propone como un ejercicio de presencia: aprender a mantener la calma en un entorno que el cuerpo percibe como amenazante, una habilidad que, según sus instructores, se traslada después a la vida cotidiana.






