PODER Y CRÍTICA | REDACCIÓN | Hay gobernadores que se manchan los zapatos en el lodo de la tragedia. Hay otros que prefieren el brillo del piso de mármol de la oficina mientras el micrófono les presta la voz de la precaución. Joaquín “Huacho” Díaz Mena, el hombre del Renacimiento Maya, eligió la segunda opción cuando el huracán Isaías dibujó en los mapas una amenaza que nunca se materializó sobre las costas yucatecas. Y la gente, esa que sabe distinguir entre la prevención y el espectáculo, se lo cobró con la moneda más cruel de la era digital: la mofa.
Todo comenzó con la solemnidad de las grandes crisis. El gobernador encabezó la sesión extraordinaria del Comité de Emergencia del Consejo Estatal de Protección Civil. Con tono de estadista que no admite réplica, decretó la suspensión de clases en 27 municipios y el cierre de actividades no esenciales en la franja costera. “Es mejor prevenir que lamentar”, repitió como mantra. “Las vidas humanas no se recuperan; los bienes materiales y las jornadas escolares, sí”. La frase tenía el peso de la responsabilidad.
El problema es que el ciclón, con esa libertad caprichosa que tienen los fenómenos naturales, decidió desviarse. No hubo devastación en Progreso. No hubo marejadas que se tragara a Celestún. No hubo el drama que los comunicados oficiales habían anunciado con tanta contundencia.Y entonces estalló el mitote.
En las redes, ese tribunal popular que no necesita credencial de elector para sentenciar, las burlas se multiplicaron como nubes de un sistema tropical que sí llegó: el de la indignación. “Huacho no quería mancharse los zapatitos”, escribieron. “Gobernar por Facebook es más cómodo que pisar el fango de Sisal”.
Las comparaciones con administraciones anteriores se volvieron arma de doble filo. La oposición, particularmente las voces afines al PAN, amplificó el coro. Hablaron de “zapatitos limpios”, de un gobierno que simula territorio desde la comodidad del live y el podcast, de una “catástrofe anunciada” que terminó siendo solo ruido mediático.
No era solo la ausencia física lo que dolía. Era el contraste. Mientras el operativo se desplegaba con refugios abiertos, puertos cerrados y vehículos listos para evacuaciones que nunca se necesitaron, las calles de Mérida seguían con sus baches, las inundaciones de lluvias anteriores no se habían resuelto y los apagones, ese fantasma cotidiano de la península, seguían apagando refrigeradores y paciencia. “Si se pusieron las pilas para un huracán que no llegó”, reclamaban los usuarios, “por qué no se las ponen para el agua que no llega a las casas o para la luz que se va cuando más se necesita”. La ironía era perfecta: el mismo gobierno que alertó con urgencia sobre un fenómeno impredecible parecía incapaz de enfrentar los problemas predecibles, los de todos los días.
Los pequeños comerciantes de la costa fueron los primeros en llevarse la factura. Cierres obligatorios, jornadas perdidas, pescadores amarrados a tierra firme mientras el cielo terminaba por despejarse. Para ellos, la “falsa alarma” no fue un error de cálculo meteorológico; fue una pérdida económica concreta. Y en un estado donde la polarización política ya era un huracán permanente, cualquier respiro del ciclón se convertía en oportunidad para el golpe bajo.
Desde el oficialismo, la defensa fue tan previsible como la trayectoria errática de Isaías: mejor pecar de precavidos. El propio Díaz Mena y su equipo de Protección Civil insistieron en que las trayectorias de los ciclones son inherentemente impredecibles y que la prioridad absoluta es la vida. Tienen razón en el principio.
Nadie en su sano juicio cuestiona que se suspendan clases o se cierren puertos cuando hay riesgo real. El problema no fue la prevención. Fue la teatralidad con la que se manejó. Fue el exceso de protagonismo en redes frente a la ausencia en el territorio. Fue el recordatorio de que un gobernador no se mide solo por la cantidad de lives que transmite, sino por la capacidad de resolver lo que la gente vive cuando las cámaras se apagan.
Esto no es un simple desliz de comunicación. Es el síntoma de un estilo de gobierno que confunde la gestión con el espectáculo, la verdadera emergencia no era Isaías. La verdadera emergencia es la de un estado que sigue esperando que la misma eficiencia desplegada para un ciclón que no llegó se aplique a los problemas que sí están aquí, todos los días, sin necesidad de alertas meteorológicas.
El agua de Isaías no llegó, los yucatecos reclaman que cuándo se va a poner las pilas de verdad el gobernador de los zapatitos limpios, porque prevenir es de sabios. Pero gobernar de verdad… eso requiere más que un micrófono y un live. Requiere tierra, fango y, sobre todo, resultados.






