PODER & CRÍTICA | REDACCIÓN | La fachada de la “transformación” en Quintana Roo se desmorona ante la mirada de un electorado que, lejos de ser ingenuo, observa con hartazgo cómo los mismos rostros de siempre intentan reciclar su vieja escuela política. Ana Patricia Peralta y Gino Segura, los rostros más visibles de la llamada «Mafia Verde», han vuelto a las andadas, confirmando que su única lealtad política no es con el pueblo, sino con su patrón: el llamado «Niño Verde».
La estirpe del saqueo
Para nadie es un secreto que estos personajes son los herederos directos de una era marcada por la sombra de la corrupción. Con raíces que se hunden profundamente en los años del exgobernador Roberto Borge, la dupla Peralta-Segura ha perfeccionado el arte de disfrazarse de aliados del proyecto transformador, mientras mantienen intacto el ADN del saqueo que caracterizó a aquella administración cómplice. Se hacen llamar representantes de un cambio, pero su historia política es un prontuario de servicios prestados al líder verde, a costa del patrimonio de los cancunenses y del Estado.
Bacalar: El escenario de la farsa
El reciente acto realizado en Bacalar no fue más que la escenificación de una desesperación política rampante. Utilizando la vieja receta del manual priista de antaño, la “Mafia Verde” echó mano de recursos públicos para montar un teatro de “fuerza”.
El evento fue una oda al autoritarismo: el brutal acarreo de empleados estatales, obligados bajo presión a fungir como porristas de quienes hoy pretenden vender una imagen de poder que, en la realidad, está en terapia intensiva. La pregunta para los trabajadores obligados a asistir es: ¿realmente creen que una imagen construida a base de amenazas y presupuesto desviado puede ocultar el vacío de su liderazgo?
El desprecio del pueblo es un mensaje claro
La realidad, como bien diría el presidente Andrés Manuel López Obrador, es que «tonto es el que cree que el pueblo es tonto». La farsa de Bacalar no borra lo ocurrido apenas unos días atrás en Chetumal, donde Ana Patricia Peralta de la Peña vivió en carne propia lo que significa el desprecio popular.
En un evento organizado por funcionarios y financiado con el dinero de los quintanarroenses, la convocatoria fue un rotundo fracaso: no lograron reunir ni a un centenar de personas. Aquella humillación pública no fue un error logístico; fue el termómetro de una sociedad que ya les leyó la cartilla.
La ciudadanía de Quintana Roo ha enviado un mensaje contundente: la era de la simulación tiene fecha de caducidad. Los “esbirros” pueden seguir intentando vender humo, pero el pueblo ya no compra espejitos, y menos aún cuando los ofrece la vieja mafia que tanto daño ha causado al estado. El ocaso del verde en la entidad parece haber comenzado, y esta vez, no hay acarreo ni presupuesto público que los salve del juicio de las urnas.





