Mientras Estados Unidos y Canadá enfrentan una de las tormentas invernales más intensas de la temporada, el presidente estadounidense Donald Trump volvió a poner en duda la existencia del cambio climático, pese a que cerca de 170 millones de personas se encuentran bajo alerta por temperaturas extremas.
A través de su red social Truth Social, Trump reaccionó a la ola de frío que impactará a más de 40 estados del país y cuestionó irónicamente el calentamiento global.
“Se espera una ola de frío récord en 40 estados. Algo así casi no se ha visto. ¿Podrían los llamados ‘insurrectos ambientales’ explicar qué pasó con el calentamiento global?”, escribió.
Las declaraciones del mandatario se dan mientras autoridades estatales han emitido llamados urgentes a la población para extremar precauciones ante el avance del fenómeno meteorológico, que podría provocar interrupciones de servicios básicos, acumulaciones severas de hielo y temperaturas que descenderían hasta –45 grados centígrados en algunas regiones.
De acuerdo con los pronósticos, los primeros efectos de la tormenta comenzaron a sentirse este viernes en Texas, Luisiana y el medio oeste, y se intensificarán progresivamente en estados del noreste como Nueva York, Massachusetts y Maine, así como en la región del Atlántico medio, que incluye Virginia, Maryland y Washington D. C.
El Servicio Meteorológico Nacional advirtió sobre una posible “acumulación catastrófica de hielo” y apagones prolongados durante el fin de semana. Sin embargo, Trump no ha emitido mensajes relacionados con las recomendaciones de seguridad ni con los riesgos para la población.
El presidente ha mantenido durante años una postura crítica frente al consenso científico sobre el cambio climático, al que ha calificado en repetidas ocasiones como una “estafa” y una “agenda verde” que, según él, perjudica la economía. En foros internacionales como la ONU y el Foro Económico Mundial de Davos, ha reiterado su respaldo al carbón y ha desestimado la viabilidad de las energías renovables, argumentando que las regulaciones ambientales afectan la soberanía energética de Estados Unidos.






